jueves, abril 09, 2009

El error de la oferta y la demanda


Global Research

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Cuando niño desarrollé un interés absorbente por cómo funcionan las cosas, y cada vez que un electrodoméstico dejaba de funcionar como era debido, lo desarmaba y anotaba dónde iba cada parte y qué función tenía en el artefacto. Gracias a ese interés, descubrí que muchos artefactos son construidos de manera que no sólo fallen prematuramente, sino que sea imposible repararlos, lo que me condujo a desarrollar un sólido escepticismo sobre la honestidad de la empresa estadounidense. (Vea mi artículo "America on the Dulling Edge.") Décadas más tarde, cuando era estudiante universitario, descubrí que ese método de aprender cómo funcionan las cosas también era útil para adquirir una comprensión de teorías y doctrinas comúnmente aceptadas. Como resultado, descubrí que al analizar muchas de éstas, tenían poco, si algún, contenido significativo. La Ley de Oferta y Demanda es una doctrina semejante.

La Ley de Oferta y Demanda es usualmente presentada en los libros de texto en asociación con un gráfico compuesto de dos líneas cruzadas, pero los gráficos incluidos no son idénticos. Algunos muestran líneas rectas con inclinaciones opuestas; otros muestran líneas curvas, una en algún tipo de relación inversa con la otra. Una línea representa la oferta, la otra la demanda, y el punto de intersección el precio. A los lectores se les dice que imaginen el movimiento de las líneas a la derecha o a la izquierda y que observen cómo cambia el punto de intersección. Si la línea de la oferta es movida a la izquierda (disminuyendo la oferta), el punto de intersección (el precio) aumenta; si la línea de la oferta es movida a la derecha, (aumentando la oferta), el punto de intersección cae. Resultados similares pero opuestos son generados si la línea de la demanda es movida de la misma manera. Se induce a los estudiantes a que concluyan que a medida que la demanda cae, o la demanda crece, los precios aumentan, y si la oferta sube o la demanda cae, los precios bajan. Esencialmente, es todo el contenido de esa doctrina.

Sin embargo, si uno desarma esa doctrina, aparecen cosas importantes. Los gráficos a veces muestran líneas rectas, a veces líneas curvas. Pero cualesquiera dos líneas cruzadas producen el mismo resultado. La naturaleza de las líneas en los gráficos es irrelevante. Ya que las líneas están hechas de secuencias de puntos de datos, los datos también son irrelevantes. Ya que las líneas son arbitrarias, no se puede escribir ninguna fórmula que las relacione entre ellas y, por lo tanto, la doctrina no permite que alguien haga algún cálculo. Es decir, el precio no puede ser calculado reemplazando las variables de precio y demanda con números, y la demanda no puede ser calculada reemplazando las variables de precio y oferta con números. Aunque el gráfico da la impresión de que la relación es matemática, la doctrina no tiene aplicaciones matemáticas.

Me sorprende que ningún economista haya encontrado que esto es curioso, especialmente ya que el modelaje matemático es tan omnipresente en la actual doctrina ortodoxa. Por ejemplo, Dani Rodrik [http://rodrik.typepad.com/dani_rodriks_weblog/2009/03/the-sorry-state-of-macroeconomics.html] ha escrito: “Las ciencias económicas no toman un argumento en serio hasta que el argumento puede ser presentado con un modelo bien especificado que respete estándares aceptados de modelaje…” Pero si un modelo bien especificado que respeta estándares aceptados de modelaje es necesario para que la economía tome algo en serio, la Ley de Oferta y Demanda debiera haber sido descartada hace mucho tiempo.

Alguien podrá objetar que no he enunciado con precisión la doctrina, y es verdad. De modo que examinemos sus términos.

La oferta parece ser lo más fácil de comprender. Digamos que significa la cantidad de unidades de un producto disponibles para la venta, aunque no estoy seguro de que esa definición sea exacta. Pero el concepto de demanda es algo completamente diferente. Ante todo, utilizar la palabra demanda en este contexto es un horror lingüístico. Cuando un ladrón entra a un banco, apunta una pistola a un cajero, y dice: “¡dame el dinero!”, está formulando una demanda. Las demandas son expresadas en imperativos. No es lo que pasa en el mercado. Por lo tanto ¿qué puede significar demanda en ese contexto? Una posibilidad es la cantidad de personas que necesitan un producto, como por ejemplo la cantidad de personas que necesitan una cierta medicina para mantener sus vidas. Otra es la cantidad de gente que desea un producto, como por ejemplo, la cantidad de niños que quieren un juguete específico para Navidad. Otra más es la cantidad de personas que se pueden permitir la compra del producto. Pero ninguna de ellas forma parte de la doctrina tal como fue declarada precisamente. La definición precisa de demanda es la cantidad de personas dispuestas a comprar un producto a un precio específico. Pero esa definición destruye la doctrina, porque sólo el precio determina la demanda, la oferta ya no es relevante a pesar de que la oferta puede influenciar el precio del vendedor. La doctrina se convierte en una simple tautología vacía. Además ¿es sinónima con compras la disposición a comprar? ¿No es posible que una persona diga: “estaba dispuesto a comprar, pero estaba demasiado ocupado para llegar a hacerlo?” Pero la verdadera palabra equívoca es precio.

La Ley de Oferta y Demanda es probablemente el principio económico más frecuentemente citado por la prensa estadounidense; es citada cada vez que una compañía petrolera aumenta los precios de la gasolina. Pero la definición precisa de precio en la doctrina es “precio de equilibrio” que es un concepto puramente teórico. La relación que tiene con el precio real es un misterio.

Cuando una compañía petrolera o un economista afirman que el precio de la gasolina aumenta por el aumento en la demanda, están siendo ambiguos. La afirmación precisa debería ser que el precio de equilibrio está subiendo por aumento en la demanda, pero nunca se afirma eso, y aunque lo fuera, no tendría relevancia a menos que se especificara la relación entre el precio de equilibrio y el precio real. Todo lo que significa el precio de equilibrio es el precio al cual la cantidad de unidades en venta es igual a la cantidad de unidades que compran los consumidores. Pero el equilibrio es una fantasía. Nunca es logrado en la realidad, el logro es puramente accidental. Por lo tanto la Ley de la Oferta y la Demanda no tiene lugar en el mercado.

Es verdad, por cierto, que los comerciantes al detalle a veces bajan los precios durante las “ventas” para librarse de productos en exceso. Pero no aumentan los precios cuando la cantidad de ítems disponibles disminuye. Los productos son vendidos al precio fijado hasta que se han acabado o son reabastecidos. Incluso las compañías petroleras funcionan de esta manera en el ámbito minorista. Después que un suministro de gasolina es entregado a una gasolinera, el precio es fijado e incluso si se forma una larga fila de coches ante la estación de servicio, el propietario no sale corriendo y aumenta el precio para que algunos de los que están en la fila se vayan. Lo mismo vale para los fabricantes de juguetes para Navidad. A menudo un juguete nuevo llega a ser muy popular entre los niños y sus padres tratan de comprarlo. Pero las jugueterías no aumentan el precio cuando notan la inesperada demanda; simplemente venden el juguete a los que llegan primero, hasta que se acaba. De modo que la Ley de la Oferta y la Demanda es un principio sin práctica.

La fijación de precios no es el único método para distribuir productos. En tiempos de crisis, como en guerras, los productos son a menudo simplemente racionados. Todo el que necesita un producto recibe una parte de los que están disponibles. El fabricante obtiene un beneficio y los consumidores por lo menos reciben algunos de los que necesitan. Otro método de distribución es el descrito en el párrafo anterior. Los productos son distribuidos a los consumidores que llegan primero. De nuevo los fabricantes obtienen un beneficio y los consumidores que llegan suficientemente rápido al comerciante minorista obtienen lo que desean, los que no lo hacen no reciben nada. ¿Pero qué pasaría si la Ley de Oferta y Demanda fuera aplicada en el mercado? El vendedor aumentaría el precio al disminuir la oferta, los consumidores que logran adquirir el producto pagarían más que de otra manera, y los otros consumidores no recibirían nada, no importa cuán esencial haya sido para ellos conseguir algo. El panorama es idéntico al anterior con la excepción que el vendedor consigue un beneficio mayor a costa del consumidor. Es simplemente un método de transferir riqueza de los consumidores a los vendedores sin suministrar a los consumidores una ventaja adicional. En otras palabras, transfiere riqueza de los más necesitados a los sin necesidades.

Esto, desde luego, provoca una pregunta importante: ¿Por qué propugnarían los economistas un método de distribución que enriquece a los vendedores a costa de los consumidores? ¿Por qué propugnan un principio económico que reduce la riqueza de los consumidores para aventajar a los vendedores? ¿Para quién existe exactamente la economía? Después de todo, el aumento de la riqueza de los pocos acaudalados a costa de los muchos, viola todo principio ético, moral y humanista jamás proclamado. ¿Por qué propugnaría cualquier ser humano decente un sistema semejante?

La Ley de Oferta y Demanda es una doctrina vacía, tautológica, que no es apoyada por observaciones en el mercado y que simplemente sirve como excusa utilizada por algunos productores para aumentar precios en detrimento de los consumidores. No es una ley económica; es un error económico. No es ni siquiera una idea legítima; es una simple noción. ¿Son por lo tanto simplemente gente perversa los economistas ortodoxos que propugnan esta “ley”? Tal vez no; tal vez exista otra explicación.

Consideremos esta analogía. Recientemente acompañé a mi mujer a una clase de la escuela dominical. El texto del día era “Hechos 2” donde se afirma que Pedro predicó y tres mil fueron convertidos. Mientras iba a casa dije a mi mujer: “Me pregunto qué sistema de altavoces utilizó Pedro.” Ella vio rápidamente lo absurdo del pasaje y respondió diciendo: “Nunca pensé en considerarlo de esa manera.” El punto es que una vez que una persona adopta una ideología, pocas veces se le ocurre cuestionarla. Si se logra persuadir a una persona para que la cuestione, el desatino se hace evidente rápidamente. La falla, claro está, reside en la educación de la gente de maneras que no alientan el cuestionamiento de la ortodoxia. Sin embargo, el conocimiento sólo avanza en una cultura iconoclasta. Hal R. Varian ha escrito: “Por cierto, cuando son presionados, la mayoría de los teóricos de la economía admiten que hacen economía porque es divertido.” [http://people.ischool.berkeley.edu/~hal/Papers/theory.pdf] Uno juega por diversión; el pensamiento serio no lo es, y lo lúdico no es iconoclasta. Nadie que juega cuestiona las reglas del juego. El cuestionamiento de las reglas ni siquiera se les ocurre a los participantes en un juego, tal como pocas veces se les ocurre a los verdaderos creyentes ideológicos. La falta de una cultura iconoclasta en la economía clásica es su talón de Aquiles.

A menudo he pensado que la economía clásica es una cierta variación del juego llamado Monopoly. Los datos utilizados, por defectuosos que sean a menudo, pueden ser asemejados a la suma de los puntos mostrados después de lanzar los dados, y el dinero sin cobertura que usan para medir el valor es exactamente como el dinero de Monopoly ya que no tiene un valor intrínseco. La riqueza que según los economistas es creada a menudo desaparece en una orgía de destrucción. Y mientras esos economistas se divierten, la gente sufre y a menudo muere.

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John Kozy es profesor en retiro de filosofía y lógica que bloguea sobre temas sociales, políticos y económicos. Después de servir en el Ejército de EE.UU. durante la Guerra de Corea, pasó 20 años como profesor universitario y otros 20 trabajando como escritor. Ha publicado comercialmente un libro de texto de lógica formal, en revistas académicas y una pequeña cantidad de revistas comerciales, y ha escrito una serie de editoriales como invitado en periódicos. Sus artículos en línea se encuentran en http://www.jkozy.com/ y

se le puede escribir por correo electrónico a través de ese sitio en Internet.

© Copyright John Kozy, Global Research, 2009

http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=13081

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Si tienes toda la razón. Las diferencias sociales entre los hombres no se basan en las diferencias reales entre los hombres que nos descubren los genetistas y, por ejemplo, los corredores de 100 m lisos. Como todos vemos, ninguno viaja a la velocidad de un guepardo, pero hay gente que gana tanto dinero como si corriera como un reactor. Las cosas cambiarán, no quepan dudas.

ecgerman dijo...

Una pregunta, esta ley tambien se aplica a las corporaciones?

ChainBreaker dijo...

Esta es una ley (intencionalmente) fallida, una falacia basada en la ley de la produccion: a mayor produccion menor COSTO. la cual incluso tiene explicadas sus limitaciones.
Los economistas a los cuales te referis en este articulo son los economistas liberales yankis, eternos pedantes estafados que creen que las palabras liberal y libertad tienen alguna relacion...