lunes, agosto 29, 2005

El centro 5

El Corán, la Biblia, el Código de Manú, el Código de Hammurabbi, el Código Civil.

Razón científica de la falta de sentido de esta ciudad

Los bloques hicieron un hombre gigante con un zoom sobre el cerebro.

Razón científica de la falta de sentido que la sociedad tiene en esta ciudad.

Aparecieron varias opciones escritas sobre el escritorio que ahora se formaba a su alrededor. Varios cables estaban subiendo por su cuerpo, que ahora se encontraba atado a los estantes.

Perspectiva física del mundo.
Perspectiva histórica del mundo.
Perspectiva sociológica

Meditó: Perspectiva sociológica e histórica

- Perspectiva física

Los estantes se reagruparon en tres compartimientos.
Newton, Planck – Einstein, Renière

Del último no había escuchado ni leído.

- Renière

Los estantes volvieron a su posición original y en el medio apareció una tarta grande, con diferentes tipos de moldes encima, en el medio el sistema solar se movía sobre el relleno. Lo que rodeaba la habitación era una visión astronómica del universo.

Y no recuerda nada más, porque lo que siguió observando era una serie de imágenes que no estaban ya en los estantes sino dentro de su cabeza.

-Señor, señor.
-¿quién está?

Un niño estaba sentado al lado de él. Los estantes habían desaparecido (habían vuelto a ocupar su lugar) pero el dolor de cabeza que le habían generado no.

-Soy el bibliotecario. ¿Necesita algo?
-No… nada ¿cómo podés ser bibliotecario?

Hizo una mueca que decía claramente "no entiendo".

-No importa.
-Sr., tengo un memo sobre los pedidos que usted realizó ayer. No pida explicaciones de los hechos, solo los hechos. Es muy difícil sino hacer algo serio.
-No interesa, estaba probando nomás.
Iba a decir algo más, pero en el momento, entraron en el lugar varios sujetos encapuchados.
-¡Es un asalto! – gritaron.

Observó alrededor, pensando que la biblioteca estaba en algún tipo de centro comercial, pero sólo estaba el chico a su lado.

El niño dio la vuelta y comenzó a correr hacia el mostrador. Pero uno de los sujetos ya había disparado. La orden de su cerebro de obstaculizar la trayectoria de la bala no fue lo suficientemente rápida. El niño fue herido en la pierna.

-¿qué buscan? – preguntó.
-Lo que buscamos puede desaparecer en diez minutos

Entonces, tomaron al niño y lo llevaron corriendo. Él los siguió, traspasó la puerta y observó como lo ingresaban en un automóvil que salía a picada.
Sin dudarlo, entró en su automóvil y se acordó de su que había dejado de arrancar.

Llamó a la policía, pero no atendían. ¿Mantendrán el número que el recordaba? No le interesó, corrió al medio de la calle, paró un auto y luego de intimidar a los ocupantes con un cuchillo - bastón, salió. Los asaltantes le llevaban una buena ventaja y el desconocía la tipografía nueva del centro. Las avenidas se abrían en túneles y los túneles en puentes. Así llegaron a lo que parecía la zona de edificios de oficina. Era incomprensible para él la inmensidad del lugar. Miraba para arriba y el celeste de las ventanas que reflejaban el cielo le dieron una sensación de vértigo que hizo que se acostara un momento sobre la calle.

Los captores entraron en uno de los edificios. Siguieron por un pasillo que llevaba a un ascensor que tenía vigilancia. Les abrieron el paso. Entendió entonces que lo que estaba pasando tenía lógica. Al menos para ese edificio.
Subió por las escaleras, observando en cada nivel si bajaban del ascensor. Así llegó a uno de los últimos. Se abrió la puerta y los observó caminar por un pasillo cubierto en telas azules con flores de liz. El pasillo estaba atravesado por varios otros pasillos y algunos muebles de ébano le dieron la nota de que ese no era un lugar de oficina, y si lo era, había allí algunas importantes.

Siguieron por el pasillo central hasta la puerta, de lo que él pensó, era la presidencia. Se acercó luego que la cerraran y puso sus oídos sobre la madera esperando escuchar la conversación que allí tuviera lugar.

-El bibliotecario está herido – dijo una de las voces de los captores.
-¿Por qué? – preguntó una voz femenina.

Hubo una pausa que no pudo identificar si era de miedo, o de reflexión.

-Había un sujeto en el lugar – comenzó con voz baja uno, "miedo", pensó-
-No lo conocemos ni sabíamos que hacía ahí. – dijo otro -
Se escucharon paso y un ruido de golpe.
-¡Les dije que había que traerlo sano! – dijo la voz femenina.
-Pensamos que los médicos del Centronics podían ayudarlo.

Se escucharon pasos y sonidos de teclas. El médico, pensó. Salió de la puerta, y se puso en uno de los pasillos que no parecía transitado a observar que sucedía. Pensaba que si le pedían un médico, estaban interesados al menos en su supervivencia. Abrieron la puerta.

-Es el tercero que se rebela en lo que va de la semana. – prosiguió la que él había apodado "Carolina"
-No vamos a poder mantenernos – dijo uno al que apodó "Juan"
-No me digas. – pareció una pausa entre la que reflexionaba si tirarlo por la ventana más cercana o si darle un concejo de madre - No comenten esto con nadie, recuerden que sus familias dependen de lo que pase acá.
-No lo haremos – gritaron, "Juan", "Raúl" y "Luis".
-Y José no llega hasta las 11, ¿Qué puedo decirle? – preguntó más como hablando consigo misma
-Que todavía lo estamos buscando – dijo Raúl –
-La mejor seguridad de la ciudad es incompetente de encontrar a un bibliotecario en tres horas. No, eso podría hacerle tomar decisiones arriesgadas. No, voy a tener que decirle la verdad. ¿Saben quién es el que intervino?
-No, ¿cómo podemos? La ciudad tiene setecientos mil…
-Sí, está bien, no importa.

Un grupo de personas con batas verdes llegaron a la puerta y cruzaron la arcada. Parecían militares con el uniforme equivocado. Los ojos miraban a la misma dirección, las mandíbulas estaban cerradas a presión, y la postura del torso era de cosaco ruso.

"O creen que van al "Berliner Techno Fest", o piensan encontrarse con el demonio" – pensó -.

Se quedó esperando, y al mismo tiempo pensando cómo volver a su casa.
Y en lo que iba de la noche, le impactó una pregunta que nunca pensó que podía hacerse. Una pregunta que lo atormentaba en su cama, a la noche, cuando no quedaban crucigramas por resolver. Se enredaba en sus reflexiones mientras hacía su desayuno con el sonido de algunos gorriones de compañía. La tristeza que le producía su expresión hacía que cuando se asomara en algún lugar de su mente, combinado con algún recuerdo de su Mario, o su Jorgelina, se quedara en blanco, callado, esperando a que huyera, desapareciera.

"- ¿Qué casa?... – se va a ir, va a desaparecer, pensó, cerrando con fuerza los ojos, tanto que si alguien lo hubiera visto, hubiera pensado que hubiera querido levantar una pesa de 90 kilos -" "¿Qué casa? -¡No!, la pregunta se quedaba -: ¿el lugar donde murió tu hijo atormentado por un cáncer que lo había convertido en una fábrica de mierda por las noches, y en una caja de música de una canción durante el día?" "¿Qué casa, aquella que albergó todos tus trabajos inconclusos?" "¿ese lugar que con tu esposa calificaste de "temporario" y se convirtió en la permanencia de tu rutina? ¡La casa de un genio pensaste!". "Decime, ¿a qué casa pensás volver?".

-Maldito 0 Km. – dijo, sin darse cuenta, en voz alta. La puerta continuaba abierta, pero parecía que nadie lo hubiera escuchado. Los murmullos de trabajo continuaban su monótono discurso y la abertura mantenía su mismo ángulo.
Miró concentrándose en un punto indeterminado de la pared que tenía en frente. En ese particular espacio, el ébano formaba diferentes combinaciones con las flores. Una que le pareció particularmente divertida era la de un sátiro, que se burlaba hacia el lugar en que él se encontraba.

"Es gracioso, sí, pero que me tiren a una parrilla si no pienso quedarme hasta asegurarme de que ese chico está bien".

El sátiro cambió de expresión. No, mentira, el percibió que el sátiro cambió de expresión. Hacía ocho horas que no comía, y su rutina había sido arruinada, le sobraba ilógica con lo que había sucedido en el centro y en la biblioteca.

- Estamos abajo – le dijo el sátiro en un murmullo.

Y ahí entendió. Lo habían descubierto, las cámaras de seguridad habían visto cada uno de sus pasos, y querían que fuera voluntariamente a entregarse. Tenía sentido – eso le había dado cierta seguridad que le sirvió para tomar la decisión, ya que el no había hecho nada, sólo había entrado a propiedad privada sin permiso, y eso no implicaba muchos problemas civiles ni policiales, normalmente una patada a la calle -.

-Abajo en el sótano.

Eso no le gustó. El bajaría, sí. Pero, ¿para que tendría la seguridad de ese edificio un sótano? Para pagarle a aquél que había entrado sin autorización seguramente.

-Abajo en el sótano – la voz fue casi un suspiro.

Abandonó todo sentimiento paranoico y decidió bajar a lo que fuera el sótano. Temía mucho más que lo encontraran allí, fuera de la sala de operación de un niño secuestrado.

Las escaleras estaban sorpresivamente vacías. No tuvo problema en llegar a la planta baja. Pero ningún cartel indicaba el sótano. Sólo otro sátiro, esta vez de madera procesada, le indicaba un pasillo en frente del ascensor que poseía dos extremos. La elección la hizo el guiño del ojo derecho.

Pero allí estaba la salida, limpia de seguridad. Tal vez eso fue lo que le confirmó bajar. Si lo hubieran querido atrapar, ese sería el lugar indicado. Pero ni la puerta de salida indicaba la presencia de cualquier entidad que pudiere ser una amenaza.

Siguió derecho hasta encontrar otra escalera, detrás de unas plantas florecidas. La madera estaba enmohecida pero parecían bastante sólidos cada uno de los escalones. No calculó el tiempo que tardó en bajar, pero fueron más de cinco minutos

La escalera terminaba en una zona que calificó de "laboratorios". Nuevos pasillos estiraban la vista hasta el final de decenas de rejas. En el intermedio varios monitores mostraban el seguimiento de diferente tipo de lecturas que se expresaban en ondas. Las valkirias de Wagner sonaban por altoparlantes ubicados en cada esquina de las paredes. El blanco era el común denominador de cajas, computadoras, francos y hasta sustancias.

Caminó varios pasos hasta estar entre algunas de las celdas. Calificar el lugar ahora se volvía una tarea más sencilla para el remolino que había en su mente desde que había entrado: ese era un corral, corralito hubiera sido subestimar lo que estaba observando. Desde la primera hasta la última celda: morochos, chinos, arios, otentotes, indios, indonesios, mongoles, mayas, aimará y etcéteras de varias etnias interactuaban de las más diversas maneras. Y si le sorprendía la variedad, el susto era mayor al pensar en la necesidad de la cárcel. Ya que la infancia de sus cuerpos no decía nada acerca de la madurez de sus mentes.

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