sábado, agosto 13, 2005

El centro 2

Sin darse cuenta, lágrimas calentaban sus labios y los recuerdos de empezaban a amontonar en el temblor de sus brazos. Se acordaba de los juegos de patio con sus amigos de la primaria, de la escuela en la cual estudió, aquella donde la maestra le había pedido a todo el curso que comenzara a tirarse pedos en castigo del anónimo estudiante que lo había hecho 5 minutos antes. Dos días luego, centenares de padres habían pedido la renuncia, la maestra les había dado por respuesta una sonora flatulencia en el medio del aula, y luego había preguntado si alguien deseaba enseñar en esas condiciones.

Entonces sorprendido observó un gran cartel encima del edificio del partido local. En él se encontraba su maestra, y en solidarios colores azules y rojos decía “Fuerza, maestra”. “Así te sale otro” pensó, mientras seguía la marcha hacia el semáforo de la esquina.

Decidió parar en un restaurante que, aunque predominantemente barnizado y lustroso, tenía por color un marrón predominante. Pensó entonces que era un lugar serio en el cual podía pedir un vacío con ensalada y no iba recibir por toda respuesta: “el plato del día es la sopa de tomates”.

El lugar era atendido por mujeres de traje de colores negros y formas cuadráticas. Tenía varias mesas con una invariable distancia de 2 metros entre sí. Se sentó en una que tenía acceso a la ventana, desde donde podía ver su 0 km. Mientras dejaba sus manos sobre el mantel, comenzó a leer el menú del lugar.

“Filette de raya a la normanda…. $ 35.
Lomo de camello a la marrakesh… $ 50.
Anillos de cascabel con ensalada siamesa… $ 300”.

Preguntó si tenían colita de cuadril, a lo que le dijeron que sí, que era el menú numero dos. Entonces, observó que en la contratapa tenía una hoja pegada con tres promociones:

Milanesas con papas fritas y dos huevos fritos… $ 10.
Carne de vaca, cualquier corte, a la parilla o al horno con ensalada de lechuga y tomate… $15.
Tallarines con pesto… $ 12.

Pero decidió pedirlo con puré. Al final pagó setenta y cinco pesos con el vino incluido. El puré había costado… $ 50.

Con la cuenta le había llegado una llave que decía:

“para abrir la puerta al hotel de los huéspedes indecisos”.

Pensó que él sin duda era alguien decididísimo, pero que nunca había escuchado un hotel que tratara esas dolencias. Preguntó dónde quedaba y le señalaron una puerta al lado de la barra del restaurante. Antes de entrar allí le pidieron que deje todas sus pertenencias.

Abriéndole la puerta, el joven que atendía el bar le dijo:

“Feliz estadía”.

Lo primero que encontró fue oscuridad, se quedó parado por un momento, y entró. Al final del camino, se chocó con una pared, de madera aparentemente, pero no lo pudo decir con exactitud: cuando tocaba la superficie parecía caerse yeso, pero la textura de lo que tocaba no era yeso.

Siguió chocándose con paredes hasta que frenó de caminar. En la segunda pared se había caído algo parecido a yeso pero con textura de mármol, en otra había tocado arena, pero pudo asegurar que lo que sintió sobre el cuero de sus zapatos fueron piedras chinas. Había una que estaba seguro que no era una pared sino redes de pescador encimadas, pero cuando trataba de aferrarse a una, sentía tocar una superficie plana de varios centímetros de espesor.

Pensó entonces que se iba a ir de allí, pero antes se sentó sobre el piso, para ver que textura poseía. Pero no era un piso lo que había debajo de sus pies, sino una puerta. Lo sabía porque se había sentado sobre un picaporte. Dándose vuelta, movió el picaporte y sonó la acción de la cerradura.

- ¡No quiero que te pongas llave! ¡Quiero que te abras!

Continuará...

1 comentario:

Inconsciente Colectivo dijo...

Y qué se yo... no se puede decir que las ideas pedagógicas de la maestra no fueran vanguardistas. ¡Por un salario digno para los maestros, todos a la plaza el 24!
Una pregunta, ¿el protagonista está desesperado por no ser convencional o no puede evitarlo? Hay formas y formas de abrir una puerta... si no me creéis, preguntadle a Alicia